Neogéminis nos presenta el siguiente
reto:
“La propuesta esta vez es dejarles un POPURRÍ de expresiones para
que, con algunas o todas las que figuran en la imagen de cabecera, armen un
texto, de estilo, forma y tema libre, intentando no superar las 350
palabras.
Una vez publicados, a apartir del miércoles, pueden ir dejándome
acá abajo los respectivos links y con ellos subiré el jueves la lista de
participantes a este nuevo encuentro de amig@s y relatos.
Espero les entusiasme la propuesta.
L@s espero!”
En este jueves el Mara Verso se toma vacaciones. Y participa una ilustre maga.
La soledad de Circe
Cantada por
poetas, futura inspiración de artistas aún no nacidos, la maga Circe deja
escapar un suspiro inquietante. Mientras escucha el rumor de una marea
inconstante que viene y va.
Con
melancolía, recuerda a Odiseo, inmune a su magia, por intervención de los
dioses.
-Mis manos
temblando por el miedo me hicieron jurar no intentar nada contra él –Piensa
la maga en voz alta- Y desencantar a sus compañeros, de las transformaciones
sin culpa.
Circe se
entregó en cuerpo y corazón. Deseó ser amada. Pero ni la visión de su
perfección envuelta en una túnica traslucida pudo retener a su amado. Más allá
de océano lo esperaba una mujer llamada Penélope. ¨
-Ínfima mortal,
me venciste –siguió pensando la maga- Apenas fui un mínimo refugio para
alguien que rechazó mi oferta de inmortalidad.
Los dioses
impusieron su voluntad a la maga inmortal, que tuvo que aconsejar a Odiseo,
para que regresara a su Ítaca natal.
Verlo
partir, sabiendo que no volvería, fue como una flecha atravesando su corazón.
El recuerdo de aquella mañana
hizo brotar una sutil lágrima fue rocío
sin luna.
Circe se
levantó, vaporosa, de su trono, recorriendo lujosas y vacías salas, con
armaduras y armas de guerreros que habían sucumbido a sus encantos.
Entonces se
encontró con su hijo Telégono, el hijo de Odiseo. Que avisó de una embarcación
que llegaba a la isla. Tiempo atrás se habría alegrado de recibir navegantes
extraviados en territorios inexplorados.
Pero Circe
había cambiado.
-Saldremos a
recibirlo- dijo.
O tal vez
dijo en un estilo más poético, digno de una maga legendaria.
Vio a un
hombre joven, que le recordaba a Odiseo, con una impronta negada por
algunos rasgos distintos.
-De tu recuerdo
apenas, sostengo una sombra- se arrojó a
los brazos del recién llegado.
-Soy
Telémaco, mi padre ha muerto –dijo el visitante, apartándola un poco- Su
voluntad fue ser enterrado en esta isla.
-Esa
voluntad será cumplida.
Detrás de
Telémaco, venía caminando una mujer aún joven. En la que reconoció a su rival. La
esposa de Odiseo y madre de Telémaco. No pudo evitar abrazarla, ambas
compartían un dolor por la pérdida de un ser amado.
Teléfono
apartó con Penélope. Circe vio algo especial entre ellos.
Como lo que
estaba sintiendo por Telémaco.
-No me
dejes, Telémaco –dijo Circe- Puedo darte la inmortalidad que le ofrecí a tu
padre.
Y esta es la
historia, que Homero no contó. Pero otros poetas insinuaron.
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