Ibso nos presenta el siguiente reto:
Hay cosas que no
deberían sorprendernos: una moneda olvidada en el bolsillo de un abrigo, una
fotografía perdida entre las páginas de un libro, una llave cuyo dueño ya no
recordamos. Objetos pequeños, cotidianos, aparentemente inocentes. Hasta que un
día encontramos uno que nos obliga a detenernos, uno que, por algún motivo,
sabemos que no debería existir.
Quizá porque
pertenece a un tiempo que aún no ha llegado. Quizá porque fue fabricado por
alguien que nunca existió. Quizá porque lleva grabado nuestro nombre cuando
estamos seguros de no haberlo visto jamás. Quizá porque está fabricado con un
material que sabemos que no puede existir. O quizá porque cambia de forma, de
color o se comporta como si estuviera vivo.
Y no nos
limitemos a lo físico. La imposibilidad también habita en lo intangible: esa
idea o ese sentimiento que no debería existir. Un recuerdo de un evento que
jamás ocurrió, una certeza que no nos pertenece, un rencor hacia alguien que
aún no conocemos o una emoción sin nombre que contradice todo lo que sabemos
sobre nosotros mismos.
Esta semana les
invito a contar qué ocurre cuando aparece ese elemento imposible. Lo que
contradice algo que sabemos con total certeza. Lo que quizá sea una casualidad…
o quizá no.
Puede ser real o
virtual, físico o abstracto, antiguo o recién nacido, pequeño o enorme,
maravilloso o inquietante.
Lo importante es
que exista una razón por la que no debería existir.
A partir de ahí,
son completamente libres.
No es necesario
explicar el origen. Tampoco hace falta que sea algo extraordinario a primera
vista. Quizá lo verdaderamente inquietante sea descubrir que aquello que
parecía completamente normal no debería estar ahí.
Pueden llevar la
historia hacia el misterio, la ciencia ficción, el terror, el humor, la
fantasía, el drama, el absurdo, el romanticismo… o hacia cualquier territorio
que su imaginación encuentre.
ALGUNAS REGLAS
— El relato debe
partir de la premisa propuesta: «Algo que no debería existir» (objeto, idea o
sentimiento).
— Extensión
máxima: 350 palabras (más o menos).
— Prosa o
poesía, a su elección.
— El género es
libre.
— Pueden
acompañar el relato con una imagen, si les apetece.
— Leer y
comentar cada participación (muy importante).
Como siempre,
comenzamos el próximo jueves a las 00:00 h y el cierre será el sábado a las
12:00 h (más o menos).
Cuando tengan su
relato, pueden dejar el enlace en los comentarios para que podamos ir
visitándonos.
Porque quizá lo
más interesante de este reto no sea descubrir eso que no debería existir, sino
averiguar qué historia decide contar cada uno a partir de ello.
Yo ya tengo el
mío.
¿Y ustedes?
¡A escribir,
jueveros! ✍️
Un abrazo,
Me he
inspirado en el cuento El aljibe, de Mariana Enriquez, gran escritora. Incluso
he mantenido el nombre de un personaje. Pero creo haber aportado algo original,
que hace que sea algo distinto.
No entró dentró de las 350 palabras pero Ulises y Sofía trabajan para Nausicaa, agencia internacional de investigaciones que encubre sus actividades como agencias de viaje, tiene conexiones con hoteles.
La pesadilla implantada
Soy Ulises Lestrade, detective paranormal. Sofía ElectraValentino y yo fuimos llamados por una
oficina de una agencia de turismo.
Nos encontramos con Josefina,
demacrada, con caída del pelo y uñas rotas. Y con Marisa, su hermana,
deslumbrante con su pelo rubio.
Josefina habló de, cuando no tenía miedo, a pesar de las
historias que les contaban la madre y la tía. Marisa era quien dormía con la
luz prendida y tenía pesadillas
La tía las llevó con Lucrecia, una bruja, en un pueblo de
Corrientes, en una casa con un jardín.
Lucrecia dijo algunas
palabras sin sentido. Josefina se durmió de aburrimiento. Cuando despertó la
tía se las llevó de regreso. Y ahí comenzó el cambio, que estaba destruyendo a
Josefina.
-Planeamos viajar para volver a consultarla. –dijo Marisa- Y en
la agencia de viajes nos hablaron de ustedes.
-Podemos ayudarlas –les dije- No irán solas.
Hablamos con ellas, para prepararnos mejor y emprendimos el
viaje.
Luego de un viaje tan largo, llegamos a una casa con un jardín
marchito. Entramos con ellas.
Lucrecia se seguía viendo como Josefina la había descripto, no
era joven pero tenía una postura erguida. Tenía arrugas, pelo encanecido pero
tenía la silueta delgada.
Resumiendo, dijo que la tía las había llevado para que librara a
Marisa de sus pesadillas.
-Usé una foto tuya para pasarte los males de tu hermana -le dijo
a Josefina- Y ya no puedo hacer nada, querida niña.
Sofía le dijo a Marisa:
-Protegé a tu hermana mientras Ulises y yo hablamos con Lucrecia.
Marisa se llevó a su hermana.
-Sabemos que la tía pagó
para transferir sus males a sus sobrinas–dijo Sofía- Josefina fue la afectada. No
por la foto sino porque durmió en este sillón.
-También sabemos cómo usted mantiene su vitalidad- agregué- La extrae su vitalidad
del jardín. Parasitismo mágico.
-Ayude a Josefina o cortamos esa conexión que tiene con su
jardín –dijo Sofía- El jardín reverdece, usted se reseca hasta morir.
-Por favor, no lo hagan –suplicó
Un rato después, nos reunimos con las hermanas.
-Pueden quedarse tranquilas –les dije- Las pesadillas
terminarán.
Epílogo
De vez en cuando pensaba en Josefina y Marisa.
Según el último mensaje que recibimos, ambas estaban bien.
Josefina dormía tranquila y Marisa ya no necesitaba dejar la luz encendida.
El caso estaba cerrado.
Hasta que una tarde encontré, entre mis notas, la fotografía que
Lucrecia había utilizado. O había fingido usar.
La observé unos segundos.
No había nada extraño en ella.
Solo Josefina, sonriendo.
Iba a guardarla cuando noté algo.
Al fondo, detrás de ella, había una ventana.
Y en el reflejo del vidrio, apenas visible, se veía una mujer.
No era Josefina.
No era Marisa.
Tampoco Lucrecia.
Sofía se acercó y miró la fotografía.
— ¿La habías visto antes? -preguntó-.
Negué con la cabeza.
Volví a mirar.
Y el reflejo ya no estaba.
Por Mujer de Negro

